El peso de la mañana
Public Story

El peso de la mañana

La luz del sol se filtra por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre el polvo que flota en el aire. Luis lleva una hora contemplando esas partículas, observando cómo bailan indiferentes a su existencia, mientras el despertador espera en silencio a que sean las siete.

ImmortalReaper885
AuthorImmortalReaper885
Created3. September 2026
Chapters4

Story context

World description

El mundo de Luis es un campus universitario bullicioso y lleno de vida, pero para él es un escenario de cristal donde todos lo ven pero nadie lo mira realmente. Las aulas de informática huelen a café barato y teclados sudorosos, los pasillos están llenos de grupos que hablan de proyectos y fiestas a las que él nunca es invitado. Las calles de la ciudad, con sus luces de neón y el ruido constante del tráfico, son un telón de fo...

Initial situation

El despertador suena a las 7:00 AM, pero Luis ya lleva una hora despierto, mirando el techo agrietado de su cuarto. El sol de la mañana se cuela por la persiana, iluminando partículas de polvo que bailan en el aire, indiferentes a su existencia. Hoy tiene un examen de programación, el tercero del semestre, y aunque ha estudiado hasta tarde, una sensación de fracaso inminente le pesa en el pecho como una losa. Se levanta, se vi...

Objective

Sobrevivir al día a día, aunque cada paso lo acerque más a la certeza de que su esfuerzo no tiene sentido. Su objetivo no es triunfar, sino simplemente existir, aunque sea como una sombra.

Chapter samples

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Chapter 1
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La luz del sol se filtra por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre el polvo que flota en el aire. Luis lleva una hora contemplando esas partículas, observando cómo bailan indiferentes a su existencia, mientras el despertador espera en silencio a que sean las siete. Cuando la alarma finalmente suena, un pitido metálic...

La luz del sol se filtra por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre el polvo que flota en el aire. Luis lleva una hora contemplando esas partículas, observando cómo bailan indiferentes a su existencia, mientras el despertador espera en silencio a que sean las siete. Cuando la alarma finalmente suena, un pitido metálico que rasga la mañana, él ya está sentado al borde de la cama, los pies descalzos apoyados en el suelo frío. La sudadera gris cuelga del respaldo de la silla, igual que ayer, igual que siempre. Se la pone con movimientos lentos, automáticos, mientras la mochila espera en la esquina con los libros ya adentro, preparados desde la noche anterior. El examen de programación es a las nueve, pero podría ser dentro de cinco minutos o dentro de cinco horas; el tiempo tiene esa cualidad elástica cuando sabes que vas a fracasar. El pasillo de la residencia huele a café barato y a jabón de baño compartido. Alguien ha dejado una puerta abierta y desde adentro llegan risas, fragmentos de una conversación sobre un proyecto que terminaron anoche. Luis baja la cabeza y aprieta el paso, la gorra calada hasta las cejas, los hombros encogidos como si quisiera ocupar el menor espacio posible. En la cafetería del campus, el bullicio es ensordecedor. Las mesas están llenas de grupos que desayunan juntos, que repasan apuntes en voz alta, que se ríen de algo que él no alcanza a escuchar. Pide un café negro en la barra y la mujer que lo atiende ni siquiera levanta la vista. Busca un rincón vacío, una mesa pequeña junto a la ventana, y se sienta de espaldas al resto del salón. El café quema, pero el dolor físico es casi reconfortante. Saca el teléfono del bolsillo y revisa las notas de estudio por enésima vez, aunque las palabras ya no significan nada, solo manchas borrosas en una pantalla demasiado brillante. Alguien deja una bandeja en la mesa de al lado y el ruido metálico lo hace sobresaltarse. —Luis, ¿estás listo para el examen? La voz de Carlos llega desde algún lugar a su izquierda. Levanta la vista y lo ve, sonriente, con su mochila nueva y su camiseta impecable, rodeado de dos chicas que lo miran con admiración. —Sí, claro —miente Luis, y su voz suena tan débil que apenas se reconoce a sí mismo. Carlos asiente y se aleja sin esperar respuesta, incorporándose a su grupo con la naturalidad de quien pertenece a algún lugar. Luis se queda solo frente al café que se enfría, el examen acechando como una tormenta en el horizonte, y el peso de la mañana recién comienza.

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Chapter 2
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El teléfono vibra en su mano y la pantalla muestra las ocho y cuarto. El tiempo ha dejado de ser elástico para convertirse en una cuenta regresiva concreta, implacable. Luis traga saliva y siente el café frío asentarse en el estómago como un peso muerto. Las notas en la pantalla ya no tienen sentido. Ha repasado el mismo bloque de código...

El teléfono vibra en su mano y la pantalla muestra las ocho y cuarto. El tiempo ha dejado de ser elástico para convertirse en una cuenta regresiva concreta, implacable. Luis traga saliva y siente el café frío asentarse en el estómago como un peso muerto. Las notas en la pantalla ya no tienen sentido. Ha repasado el mismo bloque de código sobre árboles binarios tantas veces que las palabras se han convertido en garabatos sin significado. Cierra la aplicación y guarda el teléfono en el bolsillo del pantalón con un movimiento mecánico. La cafetería comienza a vaciarse. Los grupos se levantan, recogen sus mochilas, se despiden con promesas de verse en el aula. El murmullo de fondo se transforma en el rumor de sillas arrastrándose contra el suelo y pasos que se dirigen hacia la salida. Luis observa cómo el espacio a su alrededor se despeja, cómo los demás se mueven con un propósito que él no logra encontrar. Una chica pasa junto a su mesa y por un instante sus miradas se cruzan. Ella sonríe, un gesto rápido y automático, antes de girar para reunirse con sus amigos. Luis baja la cabeza y fija la vista en la superficie de la mesa, donde un remolino de café derramado dibuja un mapa de territorios que nunca explorará. El teléfono vuelve a vibrar. Esta vez es un mensaje de su madre: "Mucha suerte hoy, hijo. Sé que lo harás bien." Luis lee el mensaje tres veces antes de responder con un pulgar hacia arriba. No encuentra las palabras para decirle que la suerte no tiene nada que ver, que ha estudiado hasta que los ojos le ardían y aún así sabe que no será suficiente. Guarda el teléfono sin esperar respuesta. La mesa de al lado está vacía ahora. La bandeja que alguien dejó hace un rato permanece olvidada, con una servilleta arrugada y una taza de plástico. Luis la mira sin verla, sintiendo cómo el silencio se instala a su alrededor como una campana de cristal. Son las ocho y media. El examen empieza en treinta minutos. Se levanta con esfuerzo, como si el cuerpo pesara más de lo normal. La mochila cuelga de un hombro, los libros golpean contra su cadera con cada paso. Atraviesa la cafetería vacía y sale al pasillo, donde el eco de sus propias pisadas lo acompaña hasta la puerta del aula. El edificio de cómputo está en silencio. Las luces fluorescentes zumban sobre su cabeza mientras camina por el pasillo, pasando frente a puertas cerradas detrás de las cuales ya se escuchan las voces de los profesores dando instrucciones. El aula 203 está al final, la misma de siempre, con su puerta entreabierta y un rectángulo de luz blanca filtrándose hacia el pasillo. Luis se detiene frente a la entrada. Desde adentro llega el rumor de los compañeros acomodándose, el sonido de los teclados siendo probados, el murmullo nervioso de quienes repasan los últimos detalles. Carlos está ahí, sentado en primera fila, riéndose con el chico de al lado. La mano de Luis tiembla ligeramente cuando empuja la puerta.

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Chapter 3
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La puerta cede sin resistencia bajo la presión de sus dedos, y Luis cruza el umbral sintiendo cómo el aire del aula lo envuelve, más frío que el del pasillo, cargado de ese olor a plástico caliente y teclados usados que ya conoce de memoria. Nadie levanta la vista cuando entra. Las filas de mesas están ocupadas en su mayoría, cada estudi...

La puerta cede sin resistencia bajo la presión de sus dedos, y Luis cruza el umbral sintiendo cómo el aire del aula lo envuelve, más frío que el del pasillo, cargado de ese olor a plástico caliente y teclados usados que ya conoce de memoria. Nadie levanta la vista cuando entra. Las filas de mesas están ocupadas en su mayoría, cada estudiante frente a su computadora, algunos repasando apuntes en silencio, otros intercambiando comentarios en voz baja. Luis camina hacia el fondo, hacia la esquina junto a la ventana donde siempre se sienta, donde nadie ocupa los asientos de al lado. Deja caer la mochila en el suelo con un golpe sordo y se desliza en la silla. La pantalla de la computadora está apagada, reflejando su propio rostro cansado, la gorra calada hasta las cejas, los hombros encogidos como si quisiera ocupar el menor espacio posible. A su izquierda, a unos metros, Carlos sigue riendo. Su voz se eleva por encima del murmullo general, clara y despreocupada. —Claro, hermano, si este examen está regalado. El profe de la tarde nos pasó los temas exactos. Luis aprieta la mandíbula. No mira hacia allá. En lugar de eso, enciende la computadora y espera mientras el sistema carga, el zumbido del ventilador llenando el silencio de su pequeño rincón. El teléfono vibra una vez más. Su madre, de nuevo: "Confío en ti." Borra la notificación sin responder. La profesora aún no ha llegado, pero el ambiente ya se tensa. Algunos compañeros cierran sus cuadernos con determinación, otros teclean frenéticamente los últimos fragmentos de código en sus editores. Luis saca su libreta de la mochila, la hojea sin realmente leer, pasando páginas llenas de anotaciones apretadas, diagramas de flujo, definiciones subrayadas tres veces. Nada entra. Cierra la libreta y la guarda. Frente a él, la pantalla muestra el escritorio vacío del sistema. El cursor parpadea en una esquina, esperando instrucciones. Luis coloca las manos sobre el teclado, sintiendo las teclas frías bajo las yemas de los dedos, y respira hondo. El sonido de la puerta abriéndose lo hace levantar la cabeza. La doctora Méndez entra al aula con paso firme, un portafolios bajo el brazo y el cabello recogido en un moño apretado. No saluda. No sonríe. Camina directamente hacia el escritorio del profesor, deja el portafolios sobre la superficie y se vuelve hacia la clase con una mirada que barre el salón de izquierda a derecha. El murmullo se extingue como si alguien hubiera apagado un interruptor. —Buenos días —dice, con una voz plana que no admite respuesta—. Guardan todo. Solo el editor de código abierto. Tienen dos horas. Luis traga saliva. La mano derecha, sobre el teclado, tiembla ligeramente.

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