
El Despertar de la Lágrima Carmesí
La noche envolvía el Valle de las Nueve Curvas como un manto de tinta cuando Yun Feng salió de su taller. El aire olía a humedad y a las hierbas que había estado secando durante días, pero algo más flotaba en esa brisa fría: un rastro metálico, casi dulce, que le erizó la nuca.
Story context
World description
El Continente Occidental está sellado por una niebla gris impenetrable, legado del Celestial Worthy. Nadie entra ni sale. Aquí no existen las pociones ni las Secuencias; los habitantes practican el Camino Taoísta (rituales de respiración, talismanes de jade). La luna es un ente atrapado y peligroso, y hablar de ella está mal visto. Sin embargo, bajo la superficie, el mundo exterior de los Beyonders sigue existiendo, y el sello...
Initial situation
Cinco años después del Gran Sueño, en el Valle de las Nueve Curvas (Continente Occidental). Yun Feng es un boticario sin talento para el Camino del Aliento, atormentado desde niño por sueños recurrentes: un hombre de gabardina negra y bastón, una luna carmesí y un frasco de líquido rojo. Tras hallar en una cueva un libro prohibido con la fórmula de la Secuencia 9 (Boticario), decide preparar la poción con una «Lágrima de Luna ...
Objective
Yun Feng debe sobrevivir a la caza de los guardianes mientras asciende en las Secuencias (Boticario → Domador de Bestias → Vampiro → Profesor de Pociones → Erudito Escarlata). Su meta es descubrir el origen de su vínculo con la luna, la identidad de la voz que lo guía y el misterio del hombre del bastón. Para ello, deberá llegar al Club del Tarot, donde quizá encuentre respuestas… y nuevas preguntas.
Character introduction

Yun Feng
Role: boticario aspirante a beyonderd
Chapter samples
1Chapter 1▾
La noche envolvía el Valle de las Nueve Curvas como un manto de tinta cuando Yun Feng salió de su taller. El aire olía a humedad y a las hierbas que había estado secando durante días, pero algo más flotaba en esa brisa fría: un rastro metálico, casi dulce, que le erizó la nuca. Apretó el frasco contra su pecho. El líquido carmesí brillab...
La noche envolvía el Valle de las Nueve Curvas como un manto de tinta cuando Yun Feng salió de su taller. El aire olía a humedad y a las hierbas que había estado secando durante días, pero algo más flotaba en esa brisa fría: un rastro metálico, casi dulce, que le erizó la nuca. Apretó el frasco contra su pecho. El líquido carmesí brillaba con una luz propia, pulsando al ritmo de su corazón acelerado. La Lágrima de Luna Carmesí. La había obtenido del Estanque de los Reflejos tres noches atrás, cuando la luna llena se había posado sobre el agua como un ojo abierto. Recordaba el frío del agua, el temblor de sus manos al sumergirlas, la sensación de que algo lo observaba desde el fondo. —No debiste hacerlo —murmuró para sí mismo, pero sus dedos no soltaban el frasco. Dentro de la cueva, a media hora de la aldea, las paredes de piedra rezumaban una humedad antigua. Colocó el libro prohibido sobre una roca plana, sus páginas amarillentas crujiendo bajo la luz de una vela. La fórmula estaba escrita en una caligrafía temblorosa, como si el autor hubiera copiado bajo coacción: Secuencia 9: Boticario. Base de alcohol de ajenjo. Tres gotas de esencia de belladona. Una pizca de polvo de hueso molido. Y el catalizador: una Lágrima de Luna Carmesí. Yun Feng vertió los ingredientes en un mortero de piedra, sintiendo el peso de cada gota. La mezcla burbujeó, desprendiendo un vapor que olía a sangre y a flores podridas. Cuando el líquido se volvió negro, luego rojo, luego transparente como el agua de manantial, supo que estaba listo. Levantó el frasco. La voz interior, esa que lo había guiado desde niño, susurró en el fondo de su mente: Bebe. Y bebió. El líquido quemó su garganta como fuego líquido. Su cuerpo se arqueó, las venas brillando bajo la piel pálida. Sintió que algo se rompía dentro de él, un sello que nunca supo que existía, y por un instante vio la luna carmesí en todo su esplendor, gigante, devoradora, hermosa. Cuando volvió en sí, yacía en el suelo de la cueva. Sus manos temblaban. Pero ya no era el mismo. Podía oler la humedad de las rocas a metros de distancia, sentir el pulso de un ratón escondido entre las grietas. Y entonces oyó los pasos. Firmes. Muchos. Acercándose desde el bosque. Los guardianes.
2Chapter 2▾
Los pasos se oían cada vez más cerca, un ritmo marcial que hacía vibrar el suelo de la cueva. Yun Feng se incorporó con dificultad, las piernas aún temblorosas por la transformación. Sus nuevas manos, más pálidas que antes, se apoyaron contra la pared húmeda mientras forcejeaba por ponerse en pie. —Sal de la cueva —susurró la voz interio...
Los pasos se oían cada vez más cerca, un ritmo marcial que hacía vibrar el suelo de la cueva. Yun Feng se incorporó con dificultad, las piernas aún temblorosas por la transformación. Sus nuevas manos, más pálidas que antes, se apoyaron contra la pared húmeda mientras forcejeaba por ponerse en pie. —Sal de la cueva —susurró la voz interior, urgente—. Ahora. Recogió el libro prohibido, el mortero vacío y la vela, metiéndolos en los pliegues de su túnica. El frasco vacío tintineó contra el pecho. La salida de la cueva se perfilaba como un rectángulo de oscuridad menos densa, y hacia allí se dirigió, moviéndose con una agilidad que no recordaba tener. El aire nocturno golpeó su rostro cuando salió. El bosque se extendía ante él, un mar de sombras y troncos retorcidos. La luna, aún visible entre las nubes, parecía observarlo con un ojo plateado que amenazaba con volverse carmesí. Los guardianes estaban cerca. Podía olerlos: sudor, hierro, y ese aroma a incienso seco que usaban en sus túnicas ceremoniales. Sus voces llegaban fragmentadas por el viento. —…la cueva del cuervo… —…anomalía detectada… —…rodearla… Yun Feng apretó los dientes. El instinto le decía que corriera hacia el este, donde el bosque se volvía más espeso y el terreno más quebrado. Pero la voz interior lo corrigió: —No. Hacia el oeste. El arroyo. El agua borra tu rastro. Dudó un segundo. El este era territorio conocido, caminos que había recorrido desde niño. El oeste era tierra de nadie, barrancos y matorrales donde incluso los cazadores evitaban adentrarse. Pero los pasos se acercaban. Ya podía distinguir el crujir de las ramas bajo las botas, el metal de las armas golpeando contra los cinturones. Yun Feng giró sobre sus talones y se internó en la oscuridad del oeste, sintiendo cómo la noche se cerraba a su espalda como una boca hambrienta.
3Chapter 3▾
El terreno se volvía traicionero bajo sus pies. Yun Feng avanzaba entre los matorrales con una agilidad que aún le resultaba extraña, como si su cuerpo hubiera aprendido a moverse de otra manera mientras él no miraba. Las ramas bajas arañaban su capa, pero ya no sentía los arañazos con la misma intensidad; su piel parecía haberse vuelto m...
El terreno se volvía traicionero bajo sus pies. Yun Feng avanzaba entre los matorrales con una agilidad que aún le resultaba extraña, como si su cuerpo hubiera aprendido a moverse de otra manera mientras él no miraba. Las ramas bajas arañaban su capa, pero ya no sentía los arañazos con la misma intensidad; su piel parecía haberse vuelto más resistente, o quizás era la adrenalina bombeando por sus venas. El sonido del arroyo llegó antes de verlo, un murmullo constante que crecía entre los árboles. Yun Feng apretó el paso, esquivando una roca cubierta de musgo, y sintió cómo el aire se volvía más húmedo a su alrededor. La luna se ocultó tras una nube espesa, sumiendo el bosque en una oscuridad casi total. —¿Hasta dónde? —preguntó en un susurro, sin esperar realmente una respuesta. —Hasta que dejes de olerlos —respondió la voz, y por un momento le pareció escuchar un dejo de satisfacción en aquellas palabras—. El agua rompe el rastro. Pero no te detengas. No aún. Llegó al borde del arroyo. El caudal era más ancho de lo que recordaba, unos tres metros de agua oscura que reflejaba fragmentos de cielo estrellado entre las nubes. La corriente bajaba rápida, arrastrando hojas y ramas muertas. Yun Feng no dudó. Metió un pie en el agua y sintió el frío morderle el tobillo a través de la tela gastada de sus botas. Avanzó con cuidado, sintiendo las piedras resbaladizas bajo las suelas, el agua subiendo hasta sus rodillas, luego hasta los muslos. La corriente tiraba de él, pero su nuevo cuerpo respondía con una estabilidad que antes no habría tenido. Al llegar a la otra orilla, se volvió para mirar atrás. El bosque seguía en silencio, pero en la distancia, entre los troncos, creyó ver un destello de luz. Una linterna. O una antorcha. Los guardianes habían llegado a la cueva. Yun Feng se internó en la maleza del oeste, dejando que el arroyo cantara entre él y sus perseguidores, mientras la noche se volvía más profunda y el viento traía el aroma de tierra húmeda y promesas rotas.




