El zumbido que nos une
Public Story

El zumbido que nos une

El zumbido de los fluorescentes se filtra a través de las paredes acolchadas como un insecto persistente, imposible de ignorar. William tiene las rodillas pegadas al pecho, los brazos rodeando sus piernas, y la frente apoyada sobre los nudillos.

Loompeyote
AuthorLoompeyote
Created21. August 2026
Chapters6

Story context

World description

El laboratorio de la Corporación Malach es un lugar de acero frío y luces blancas, donde el silencio solo se rompe por el zumbido de las máquinas y los pasos controlados de los investigadores. Las paredes de la celda de William están acolchadas para amortiguar el sonido, pero el aire huele a antiséptico y a un miedo casi palpable. Afuera, la corporación es un imperio de tecnología militar, pero aquí adentro, en el corazón del ...

Initial situation

El silencio del laboratorio es roto por un leve zumbido. William, encogido en un rincón de su celda acolchada, tiembla al escuchar el eco de sus propios latidos. Al otro lado del cristal blindado, Antonio observa, anotando cada reacción en su tableta, pero su mirada se detiene un segundo de más en la curva del hombro desnudo de William. La tensión entre el científico y su sujeto de pruebas es un cable pelado a punto de soltar ...

Objective

Antonio debe documentar el comportamiento de William, pero su verdadera lucha interna es resistir la creciente atracción hacia su vulnerable sujeto de pruebas.

Chapter samples

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Chapter 1
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El zumbido de los fluorescentes se filtra a través de las paredes acolchadas como un insecto persistente, imposible de ignorar. William tiene las rodillas pegadas al pecho, los brazos rodeando sus piernas, y la frente apoyada sobre los nudillos. La postura fetal le ofrece una ilusión de protección que el resto del mundo le niega. Cada inh...

El zumbido de los fluorescentes se filtra a través de las paredes acolchadas como un insecto persistente, imposible de ignorar. William tiene las rodillas pegadas al pecho, los brazos rodeando sus piernas, y la frente apoyada sobre los nudillos. La postura fetal le ofrece una ilusión de protección que el resto del mundo le niega. Cada inhalación huele a tela sintética y al residuo químico de los desinfectantes que frotan las superficies cada mañana. Al otro lado del cristal blindado, Antonio ajusta el brillo de su tableta con un movimiento preciso del pulgar. Sus dedos conocen cada icono, cada menú del software de monitoreo, pero sus ojos llevan quince minutos desviándose del gráfico de frecuencia cardíaca para posarse en la línea del hombro de William. La clavícula asoma bajo la piel pálida como una promesa de fragilidad. Antonio parpadea, obliga a su mirada a volver a los datos. —Frecuencia cardíaca: 98 latidos por minuto —murmura para el registro de voz, pero su tono carece de la frialdad clínica que solía tener—. Pupilas dilatadas. Temblor en extremidades superior e inferior. William levanta la cabeza de golpe. Sus ojos negros se clavan en el vidrio, aunque sabe que desde su lado solo ve su propio reflejo distorsionado por la luz. Escucha algo. Un crujido. Tal vez los pasos de Antonio al cambiar el peso de un pie a otro. Tal vez el roce de su bata blanca contra el borde de la mesa. Pero el sonido, por más leve que sea, le perfora el cráneo como una aguja. —¿Antonio? —la voz le sale rota, apenas un hilo. Del otro lado, el científico contiene la respiración. No debería responder. Los protocolos son claros: el sujeto no debe recibir refuerzo verbal durante las fases de observación pasiva. Pero Antonio ya ha cerrado la tableta, ya ha dado dos pasos hacia la puerta de la celda antes de que su cerebro racional alcance a sus pies. La puerta se abre con un siseo hidráulico. William se encoge aún más, como si quisiera desaparecer dentro de sí mismo, pero sus ojos se aferran a la figura que entra. Antonio se queda quieto en el umbral, la luz del pasillo recortando su silueta atlética contra el blanco cegador del laboratorio. —Está bien —dice Antonio, y la frase le sabe a traición en la lengua—. Solo soy yo. William exhala, un temblor que recorre todo su cuerpo. No sabe si las palabras de Antonio son verdad o mentira, pero en este momento, en este espacio reducido donde el zumbido se vuelve un poco más soportable, elige creerlas.

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Chapter 2
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La luz del pasillo se recorta detrás de Antonio mientras permanece en el umbral, su silueta proyectándose sobre el suelo acolchado de la celda. William levanta la cabeza, los nudillos aún blancos de la presión con que se aferra a sus propias piernas. El zumbido de los fluorescentes parece intensificarse ahora que el silencio se ha instala...

La luz del pasillo se recorta detrás de Antonio mientras permanece en el umbral, su silueta proyectándose sobre el suelo acolchado de la celda. William levanta la cabeza, los nudillos aún blancos de la presión con que se aferra a sus propias piernas. El zumbido de los fluorescentes parece intensificarse ahora que el silencio se ha instalado entre ellos, un zumbido que le perfora los tímpanos como agujas de cristal. —Oye, Antonio —la voz de William sale entrecortada, un hilo frágil que amenaza con romperse—. ¿Tienes... la cosa para tapar el ruido? Me siento mucho mejor con eso puesto. Antonio inclina ligeramente la cabeza, procesando la petición. Sus ojos negros recorren el rostro de William, deteniéndose en la forma en que sus dedos se aferran a sus propias piernas, en el temblor casi imperceptible de su mandíbula. —¿Los cubreoídos? —pregunta Antonio, manteniendo su voz en un tono bajo y uniforme, casi un susurro—. ¿Los que usaste durante la fase de aclimatación? William asiente con violencia, un movimiento nervioso que hace que su cabello despeinado le caiga sobre los ojos. —Sí, eso. Me siento mucho mejor con eso puesto, por favor. Lo necesito. Siento que el ruido se perfora en mi cráneo, que en cualquier momento va a explotar mi cabeza. Por favor. La última palabra se arrastra, cargada de una desesperación que hace que Antonio apriete la mandíbula. Debería negarse. Los protocolos establecen que el sujeto debe aprender a tolerar los estímulos ambientales sin ayudas externas. Pero William tiembla, y sus ojos negros miran a Antonio como si fuera el único ancla en un mundo que se desmorona. Antonio exhala lentamente por la nariz, un sonido casi imperceptible. —Espera aquí —dice, y la orden es tan absurda que casi sonríe. William no tiene adónde ir. Da media vuelta con movimientos calculados, evitando cualquier gesto brusco que pueda interpretarse como una amenaza. Sus pasos sobre el suelo acolchado son casi silenciosos, pero William los sigue con la mirada, conteniendo la respiración hasta que Antonio desaparece tras la puerta. El zumbido regresa con fuerza. William entierra la cara entre sus rodillas, meciéndose ligeramente. Los segundos se estiran como horas. Cada crujido del laboratorio, cada eco lejano de una máquina, le llega amplificado, rebotando dentro de su cráneo como una pelota de goma en una habitación vacía. Entonces la puerta se abre de nuevo. Antonio regresa con un par de cubreoídos de espuma gris en la mano. Se acerca lentamente, sin prisas, y se arrodilla frente a William, quedando a su altura. Sus ojos se encuentran, y Antonio sostiene su mirada mientras extiende la mano, ofreciéndole los protectores auditivos. —Aquí están —dice en voz baja, casi un murmullo—. Tómalos. William estira una mano temblorosa, sus dedos rozando los de Antonio al tomar los cubreoídos. El contacto es breve, eléctrico, y Antonio siente cómo su pulso se acelera. William se los coloca con movimientos torpes, y cuando el mundo se vuelve un susurro amortiguado, sus hombros se relajan visiblemente. Suelta el aire que había estado conteniendo, y por primera vez en horas, sus ojos dejan de mirar a su alrededor como si esperaran un ataque. Antonio permanece arrodillado frente a él, observando cómo la tensión abandona lentamente el cuerpo de William. El silencio ahora es diferente, más suave, y Antonio se da cuenta de que no quiere romperlo.

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Chapter 3
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El alivio que los cubreoídos le proporcionan a William es tan profundo que su cuerpo, exhausto por horas de tensión constante, comienza a ceder. Sus párpados se vuelven pesados, y aunque lucha por mantenerlos abiertos, la fatiga acumulada es más fuerte que su voluntad. Apoya la mejilla sobre sus rodillas y, poco a poco, su respiración se ...

El alivio que los cubreoídos le proporcionan a William es tan profundo que su cuerpo, exhausto por horas de tensión constante, comienza a ceder. Sus párpados se vuelven pesados, y aunque lucha por mantenerlos abiertos, la fatiga acumulada es más fuerte que su voluntad. Apoya la mejilla sobre sus rodillas y, poco a poco, su respiración se vuelve más lenta y profunda. Antonio permanece inmóvil, observando cómo el sueño vence al hombre que tiene frente a él. Hay algo hipnótico en la forma en que los hombros de William se relajan por completo, en cómo sus dedos, aún aferrados a sus propias piernas, pierden tensión. El científico debería irse, debería registrar los datos en su tableta, pero no puede apartar la mirada. El tiempo se vuelve difuso en la celda acolchada. Minutos, quizás media hora, transcurren en un silencio apenas interrumpido por la respiración rítmica de William. Entonces la puerta se abre con un golpe seco. Antonio se gira bruscamente, y su sangre se hiela al reconocer la silueta que se recorta contra la luz del pasillo. El director del laboratorio, un hombre de complexión robusta y mirada cruel, cruza el umbral con pasos firmes. Su nombre es el doctor Varela, y nunca ha visto a los sujetos de prueba como otra cosa que no sean recursos desechables. —¿Qué es esto, Antonio? —la voz de Varela retumba en el espacio reducido, y William se agita en su sueño, un gemido escapando de sus labios—. ¿Le has dado protección auditiva? ¿Contra qué protocolo? Antonio se pone de pie, alzando las manos en un gesto conciliador. —Doctor, el sujeto mostraba signos de angustia severa. Era necesario para— —¿Necesario? —Varela ríe, un sonido sin calidez—. Lo necesario es que aprenda a tolerar el entorno. No a esconderse de él. Antes de que Antonio pueda intervenir, Varela se acerca a William con determinación. Con un movimiento brusco, arranca los cubreoídos de sus oídos. William despierta con un grito ahogado, sus ojos abriéndose de par en par mientras el ruido del laboratorio lo golpea como una ola. —Vamos a darle una lección —dice Varela, sacando su teléfono y conectándolo al sistema de altavoces de la celda. —No, por favor —Antonio da un paso adelante, pero Varela levanta una mano deteniéndolo. La música estalla. Un torrente de distorsión y graves que llena cada centímetro de la celda, rebotando en las paredes acolchadas. William se encoge, sus manos volando a sus oídos, pero el sonido está en todas partes, perforando, desgarrando. Un alarido desgarrador escapa de la garganta de William mientras su cuerpo se retuerce en el suelo. Sus dedos se clavan en su propio cráneo, como si quisiera abrirlo para silenciar el ruido que lo consume. Las lágrimas brotan de sus ojos, mezclándose con un hilo de sangre que comienza a escurrir de sus oídos. Antonio observa, paralizado, mientras un líquido espumoso comienza a acumularse en las comisuras de los labios de William. Su cuerpo se arquea en un espasmo violento, y el científico siente cómo algo se rompe dentro de él al ver el sufrimiento del hombre que ha jurado proteger. Varela sonríe, ajustando el volumen.

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