Mundo Infernal invisible a la gente
Public Story

Mundo Infernal invisible a la gente

El mundo infernal no tiene cielo. Solo un techo de cenizas grises que se desplazan lentas, como si el tiempo mismo arrastrara su peso sobre vos.

ThunderMirage452
AuthorThunderMirage452
Created23. July 2026
Chapters23

Story context

Initial situation

The story is "Biographical" themed. The name of the start setting starts with a "L".

Chapter samples

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Chapter 1
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El mundo infernal no tiene cielo. Solo un techo de cenizas grises que se desplazan lentas, como si el tiempo mismo arrastrara su peso sobre vos. Caminás por la Llanura de los Ecos, un lugar donde cada paso tuyo se repite dos veces: primero el sonido real, después el fantasma de ese sonido rebotando entre las grietas del suelo reseco. El ...

El mundo infernal no tiene cielo. Solo un techo de cenizas grises que se desplazan lentas, como si el tiempo mismo arrastrara su peso sobre vos. Caminás por la Llanura de los Ecos, un lugar donde cada paso tuyo se repite dos veces: primero el sonido real, después el fantasma de ese sonido rebotando entre las grietas del suelo reseco. El aire huele a azufre y a algo más, algo que aprendiste a reconocer con los años: la resignación. Las almas perdidas deambulan aquí, algunas con forma humana, otras apenas un bulto de sombra que se arrastra. No hablan. No pueden. Pero vos sí podés escucharlas, y eso es justamente lo que te mantiene con vida en este lugar. Te arrodillás frente a una de ellas. Es una mujer, o lo que queda de una. Su rostro es una máscara de ceniza endurecida, pero sus ojos... sus ojos aún titilan con un destello tenue, como una brasa a punto de apagarse. Extendés la mano derecha y sentís el calor familiar que nace en tu pecho, esa luz interna que te diferencia de los condenados. No es tuya del todo, la heredaste, la cultivaste, la protegiste. Y ahora la usás para ellos. —No tengas miedo —decís, y tu voz suena extrañamente sólida en este paisaje de susurros. La luz brota de tu palma, un resplandor anaranjado que no quema pero sí calienta. La mujer alza la mirada, y por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, sus labios se mueven. No emite sonido, pero vos entendés: gracias. El proceso es lento. La luz se extiende desde tus dedos hacia su pecho, tejiéndose como raíces invisibles que buscan lo que alguna vez fue su corazón. Sentís el peso de su historia, fragmentos de recuerdos ajenos que se cuelan en tu mente: un jardín, una risa, una puerta que se cierra. Todo eso se perdió. Pero tal vez, si lográs encender esa brasa, ella pueda recordar el camino de regreso. Cuando retirás la mano, la mujer respira hondo. Su cuerpo ya no tiembla. Se pone de pie lentamente, y por un instante, sus ojos se vuelven claros. —Seguí la luz —le decís—. No te detengas hasta encontrarla. Ella asiente y comienza a caminar hacia el horizonte de cenizas. No sabés si llegará. Nunca lo sabés. Pero seguís adelante, porque en este mundo oscuro, sos el único que todavía puede encender una chispa. Y entonces, en la distancia, escuchás un sonido que no pertenece a este lugar. Algo que no es un eco. Algo que respira.

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Chapter 2
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Te quedas un momento en silencio, observando la silueta de la mujer que se desvanece entre las cortinas de ceniza. Ocho años. Ocho años en este infierno sin cielo, aprendiendo a leer el lenguaje de las almas perdidas, a distinguir entre el que aún puede salvarse y el que ya es solo un eco vacío. Pero lo que realmente aprendiste, lo que t...

Te quedas un momento en silencio, observando la silueta de la mujer que se desvanece entre las cortinas de ceniza. Ocho años. Ocho años en este infierno sin cielo, aprendiendo a leer el lenguaje de las almas perdidas, a distinguir entre el que aún puede salvarse y el que ya es solo un eco vacío. Pero lo que realmente aprendiste, lo que te tomó años dominar, fue algo que nadie más puede ver. Algo que ni siquiera las almas condenadas perciben cuando te acercas a ellas. El fuego. No el fuego que arde y consume. Ese es el que atormenta a los que caen aquí, el que lame sus recuerdos hasta reducirlos a cenizas. Ese fuego lo ves en cada alma que deambula perdida, una llama interna que las quema desde adentro, devorando lo que alguna vez fueron. Pero hay otro fuego. El tuyo. Aprendiste a volverte uno con él, a respirarlo, a sentirlo latir en tu pecho como un segundo corazón. Es una bioenergía que te recorre las venas, invisible para todos menos para vos. Nadie ve las llamas anaranjadas que bailan bajo tu piel cuando extendés la mano. Nadie sabe que cuando tocás a un alma perdida, no solo le transmitís luz: estás apagando el fuego que la consume. Por eso ayudás. Por eso no te detenés. El sonido que escuchaste antes vuelve a repetirse, más cercano ahora. No es un eco de la llanura. Es un jadeo, entrecortado, irregular. Alguien que respira con dificultad, como si el aire mismo le quemara los pulmones. Te ponés de pie lentamente y girás la cabeza hacia el origen del sonido. Entre las columnas de ceniza que se elevan desde el suelo resquebrajado, distinguís una silueta encorvada, arrastrándose. No camina. Se arrastra. Y a su alrededor, el aire tiembla con un calor que vos podés ver. El fuego interno ya la está devorando. Apretás los puños y comenzás a caminar hacia ella. Ocho años te enseñaron que no todos quieren ser salvados. Algunos prefieren arder antes que enfrentar lo que perdieron. Pero vos siempre preguntás primero. Siempre les das la opción. Porque todos tienen la potestad de encender su propia llama. Pero no todos tienen la voluntad. Y cuando te acercás lo suficiente, ves que esta alma es distinta. No lleva la máscara de ceniza de las otras. Su rostro está descubierto, y sus ojos, abiertos de par en par, te miran con una claridad que te hiela la sangre.

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Chapter 3
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Te detienes a unos pasos de ella, las palabras atoradas en la garganta mientras procesas lo que tus ojos acaban de confirmar. Sus ojos claros te miran fijos, sin parpadear, como si pudieran ver a través de la ceniza que cubre tu túnica, a través de tu piel, hasta el núcleo anaranjado que late en tu pecho. Nadie había hecho eso antes. Nad...

Te detienes a unos pasos de ella, las palabras atoradas en la garganta mientras procesas lo que tus ojos acaban de confirmar. Sus ojos claros te miran fijos, sin parpadear, como si pudieran ver a través de la ceniza que cubre tu túnica, a través de tu piel, hasta el núcleo anaranjado que late en tu pecho. Nadie había hecho eso antes. Nadie. Las almas perdidas suelen ignorarte cuando te acercas, atrapadas en su propio tormento. Las que aún conservan algo de conciencia huyen apenas perciben el resplandor que emanas, confundiéndolo con el fuego que las consume. Pero esta mujer no huye. No aparta la mirada. Te observa con una intensidad que te obliga a detenerte, a pensar. Tu mente viaja hacia atrás, hacia los textos que devoraste en los primeros años, cuando aún creías que el conocimiento podía salvarte de la desesperación. El Kybalion. Los principios herméticos. La ley de correspondencia, la de causa y efecto. Todo aquello que abandonaste cuando decidiste que el amor del mundo exterior era una ilusión, que solo importaba el fuego interno y las almas que podías redimir. Pero ella te mira y algo en esa mirada desafía esa certeza. —¿Por qué te interesaste por mí? —preguntas, y tu voz suena más áspera de lo que esperabas. La mujer no responde de inmediato. Su respiración sigue siendo entrecortada, pero parece menos agitada que hace un momento. Se incorpora sobre sus brazos, temblorosos, y el movimiento hace que la ceniza se desprenda de sus hombros como una lluvia gris. —Porque tú no brillas como los demás —dice al fin, y su voz es un susurro rasposo, como si hubiera estado en silencio durante siglos—. Los otros arden. Tú... iluminas. El aire a tu alrededor parece espesarse. Sus palabras resuenan en tu pecho, chocando contra los muros que construiste durante ocho años de soledad. Bajas la mirada hacia tu mano derecha, donde las llamas anaranjadas bailan invisibles bajo la piel, y por un instante te preguntas si realmente son invisibles. O si ella es la primera que aprende a verlas.

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