La guerra de los desterrados
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La guerra de los desterrados

El Sena se desliza perezoso bajo el cielo gris de París, y Nina camina con las manos en los bolsillos de su chaqueta, sintiendo el frío del atardecer en la nuca. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse, reflejándose en el agua como diminutas estrellas líquidas.

GalacticElement755
AuthorGalacticElement755
Created22. July 2026
Chapters14

Story context

World description

El mundo se divide en dos realidades: la Tierra, tal como la conocemos, y el 'Otro Lado', una dimensión separada por una barrera mágica. En el Otro Lado habitan los Ancarianos, una raza divina que una vez gobernó la Tierra. La barrera fue creada por el dios supremo Gabriel para separar a los dioses de los humanos tras una guerra. Ahora, la barrera se debilita. En la Tierra, la magia es un susurro olvidado, pero en el Otro Lado...

Initial situation

Eres Nina, una estudiante universitaria en el París actual. Mientras caminas por el Sena, un recuerdo te golpea: el sabor del polvo de la Muralla China, la risa de un hippie en los sesenta... son vidas pasadas. De repente, un joven de ojos dorados, Ezequiel, se planta frente a ti. 'Nina', dice, 'has sido perdonada. Tu espada te espera'. Señala un palo de madera tirado en la orilla. Al tocarlo, el mundo se distorsiona. Sientes ...

Objective

Encontrar a Gabriel, un mendigo en París, y reunir a un grupo de desterrados para detener a Zory, que quiere romper la barrera y esclavizar a la humanidad.

Chapter samples

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Chapter 1
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El Sena se desliza perezoso bajo el cielo gris de París, y Nina camina con las manos en los bolsillos de su chaqueta, sintiendo el frío del atardecer en la nuca. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse, reflejándose en el agua como diminutas estrellas líquidas. Es entonces cuando el recuerdo la golpea sin aviso. El sabor del polvo ...

El Sena se desliza perezoso bajo el cielo gris de París, y Nina camina con las manos en los bolsillos de su chaqueta, sintiendo el frío del atardecer en la nuca. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse, reflejándose en el agua como diminutas estrellas líquidas. Es entonces cuando el recuerdo la golpea sin aviso. El sabor del polvo en la garganta. El viento helado de la Muralla China, mil años atrás. La risa de un hippie en los sesenta, el olor a sándalo y libertad. Otra vida. Otra más. El vértigo la hace tambalearse, y apoya una mano en la baranda de piedra para no caer. —Nina. La voz es firme, pero no amenazante. Alza la vista y se encuentra con unos ojos dorados que brillan con una luz que no es humana. El joven que tiene delante lleva el pelo castaño revuelto por el viento, y viste ropas modernas, pero hay algo en su postura, en la forma en que la mira, que no encaja con el mundo que la rodea. —Has sido perdonada —dice, y las palabras resuenan en el pecho de Nina como un eco antiguo—. Tu espada te espera. Ella quiere preguntar, quiere decir que no entiende nada, pero su mirada sigue la dirección que él señala. En la orilla del río, entre la grava y las hojas secas, hay un palo de madera. Simple. Corriente. Un trozo de rama que cualquier transeúnte ignoraría. Pero Nina siente que la llama. Sin pensarlo, sin ser del todo consciente de sus propios movimientos, baja los escalones de piedra que llevan al borde del agua. Se agacha. Sus dedos rozan la madera áspera, y en el instante en que la toca, el mundo estalla. No hay dolor, sino plenitud. Una corriente eléctrica le recorre el brazo, se expande por su pecho, su espalda, sus piernas. El palo se transforma en una hoja de luz blanca que corta el aire, y al mismo tiempo, algo se desgarra detrás de sus hombros. Unas alas enormes, de plumas que parecen tejidas con luz de luna, brotan de sus omóplatos con un crujido que es a la vez hueso y libertad. Nina cae de rodillas. Su cabello, antes negro como el azabache, fluye ahora plateado sobre sus hombros. Respira hondo, y el aire sabe diferente. Sabe a otro mundo. —Raa —susurra Ezequiel, arrodillándose frente a ella—. Bienvenida. Ella alza la mirada, y sus ojos marrones dorados brillan con una intensidad que no recordaba tener. La culpa, el peso de incontables vidas humanas, sigue ahí, apretándole el pecho. Pero también hay algo más. Un propósito. —Zory —dice, y el nombre sabe a ceniza en su lengua. Ezequiel asiente, grave. —Está en París. Y Gabriel también. El mendigo de la catedral. Tienes que encontrarlo antes de que sea demasiado tarde. Raa se pone en pie. Las alas se pliegan contra su espalda, invisibles para los transeúntes que pasan sin verla, y la espada de luz se apaga, desapareciendo y apareciendo un collar en forma de espada. De esa forma es visible, si la espada se ilumina al ser necesaria desaparece para aparecer ante todos como un Terrans normal, es decir un humano. París se extiende ante ella, con sus calles empedradas y sus secretos olvidados. Y en algún lugar, entre las sombras de la ciudad se encuentra el primero, aquel q creo la barrera y separo el mundo Terrans de los dioses q en realidad solo son otros seres mas antiguos q antes vivian en la tierra y vieron crecer a los primates hasta convertirlos en hombres con sus enseñanzas.

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Chapter 2
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Raa camina sin rumbo por las calles de París, dejando que sus pasos la guíen mientras el cielo se tiñe de un azul cada vez más profundo. Las farolas se encienden una a una, derramando círculos de luz sobre las aceras húmedas, y ella apenas las ve. Su mente ya no está aquí. Cierra los ojos y busca hacia dentro, hacia ese lugar donde el ví...

Raa camina sin rumbo por las calles de París, dejando que sus pasos la guíen mientras el cielo se tiñe de un azul cada vez más profundo. Las farolas se encienden una a una, derramando círculos de luz sobre las aceras húmedas, y ella apenas las ve. Su mente ya no está aquí. Cierra los ojos y busca hacia dentro, hacia ese lugar donde el vínculo con su gemelo sigue latiendo. Compartieron el mismo espacio antes de nacer, la misma esencia antes de que el mundo los dividiera en dos mitades opuestas. Ese lazo no puede haberse roto. No del todo. Respira hondo y se sumerge. Al principio solo encuentra niebla. Una bruma espesa que huele a hierro y a ceniza. Pero insiste, empujando con la voluntad, con esa parte de ella que es diosa y no humana, y la niebla se disipa. Lo que ve la hace tropezar. Una sala circular, iluminada por antorchas. Rostros ancianos, algunos con rasgos alargados y piel pálida, otros con ojos que brillan como gemas. Ancarianos. Milenos. Zolianos. Las tres razas antiguas reunidas en concilio. Y en el centro, de pie, está Zory. Pero no es el Zory que ella recuerda. Su pelo negro se ha vuelto gris. Su rostro, antes joven y afilado, está surcado de arrugas profundas. Se ha convertido en un anciano. Y en sus ojos grises solo hay tormenta. —No podemos permitirlo —dice uno de los ancianos, un Zoliano de piel escamada—. La barrera se debilita. Si Zory sigue sin control... —Yo lo controlo —interrumpe otra voz, familiar. La voz de su padrino. Pero Zory se mueve. Rápido. Violento. Sus manos, nudosas y viejas, desatan un estallido de luz que derriba a los presentes. Los cuerpos chocan contra las paredes de piedra. El caos se desata. Y entonces la visión se rompe. Raa abre los ojos y se encuentra de rodillas en medio de una calle empedrada. Un par de transeúntes la miran con curiosidad antes de seguir su camino. Las lágrimas corren por sus mejillas sin que ella intente detenerlas. —Dios, qué hice —murmura, y su voz suena rota, pequeña—. Y qué hicieron. Su hermano era guerra, sí. Pero ella era su equilibrio. Sin ella, la paz que lo contenía se desvaneció. Y los ancianos, en lugar de ayudarlo, intentaron controlarlo. Lo convirtieron en lo que temían. Apoya las manos en el suelo frío. El collar con la espada reposa sobre su pecho, latiendo con una luz tenue. —Si yo lo provoqué al caer y dejarlo solo —dice, y esta vez su voz se endurece—, yo lo solucionaré. Se pone en pie. Las alas, invisibles, se agitan tras ella con un rumor de plumas. París parpadea a su alrededor, indiferente, y ella alza la mirada hacia las agujas de la catedral que se recortan contra el cielo nocturno. Tenia q encontrar al primero a Gabriel, juntos buscarian a otros desterrados o vendecidos, aquellos q luchando con Lucian fueron destruidas sus armas lo q le impedían para siempre volver a su mundo como proscritos de su tierra pero q en algun momento con alguno de sus dones visibles habian ayudado a la humanidad haciendo q fueran vendecidos por ellos. Los q le devolvian parte de su don y la inmortalidad parcial pues envejecemos más despacio q los humanos, pero incapaces de volver a su mundo vivian entre los Terrans utilizando sus dones primarios, esos con los q todos nacian pero q si su arma no podrían jamas avanzar más.

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Chapter 3
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La noche parisina se ha vuelto más densa cuando Raa cruza el primer puente. Sus pasos resuenan sobre las piedras húmedas, y el Sena corre oscuro y silencioso a sus pies. Recuerda estas calles, las reconoce aunque hayan pasado décadas desde la última vez que las pisó como Nina. Pero hay memorias más antiguas, capas superpuestas de otras vi...

La noche parisina se ha vuelto más densa cuando Raa cruza el primer puente. Sus pasos resuenan sobre las piedras húmedas, y el Sena corre oscuro y silencioso a sus pies. Recuerda estas calles, las reconoce aunque hayan pasado décadas desde la última vez que las pisó como Nina. Pero hay memorias más antiguas, capas superpuestas de otras vidas, y entre ellas emerge una certeza que la guía. Los mendigos. Siempre han estado aquí, desde que el mundo es mundo. Y ella lo sabe porque vivió este París a finales del siglo XIX, cuando la ciudad se abría a libertades que antes no existían, y luego a principios del XX, cuando todo volvió a torcerse. Como en Venecia, dos siglos y medio atrás, cuando la plaga llegó con el cambio de era. Siempre el mismo patrón. El final y el principio de las Eras. Los cuatro jinetes. Raa sonríe con amargura mientras cruza el segundo puente. Ella los creó, aunque no con sus manos. Cuando se marchó, cuando su ausencia dejó un vacío que nada podía llenar, los ancianos Zolianos encontraron su propia solución. Cuatro hermanos, consumidores de energía, enviados para cerrar los ciclos de conflicto. Si la guerra aparecía, traía hambre. Si el hambre llegaba, traía pobreza. Y siempre, siempre, la muerte cerraba el círculo. El orden daba igual. Las Eras terminaban igual. El reloj de una torre cercana da las doce campanadas cuando Raa se detiene bajo un puente de piedra. El arco cobija las sombras, y entre ellas distingue una figura tendida de espaldas, envuelta en harapos que apenas la protegen del frío. Los otros mendigos lo llaman el filósofo. Raa sonríe. Todos se vuelven filósofos con la edad. —Por fin te encuentro —dice, y su voz suena más suave de lo que esperaba. El hombre no se gira. Su voz, sin embargo, emerge de las sombras, grave y profunda como el rumor del río. —Pues vuelve por tu camino. Raa contiene un suspiro. Las alas invisibles se agitan tras ella, impacientes, pero ella las calma con un pensamiento. Esto no va a ser fácil. Gabriel siempre fue terco, incluso cuando era el supremo. Ahora, roto y convertido en mendigo, su orgullo debe ser una coraza aún más difícil de atravesar. Se sienta en el suelo, a unos pasos de él, sin pedir permiso. El frío del adoquín traspasa su chaqueta, pero no le importa. —He llegado hasta ti primero en busca de tu ayuda—dice, mirando el perfil inmóvil del hombre—. He sido humana una y otra vez, pagando por lo que hice. Y ahora que he vuelto, ahora que me han perdonado, necesito tu ayuda, mi hermano, el dios de la guerra, ira y tormenta q es su poder primario quiere romper la barrera y someter a la humanidad. Silencio. El río sigue su curso allá abajo, indiferente pero al menos ella consigue q el gire la cabeza; ya es algo.

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