
Bienvenida a la Tormenta
La mansión Wayne se alza ante ella como una mole de piedra y cristal, tan fría y calculadora como la mirada que Damián dirige a sus nuevos "familiares". La lluvia resbala por su cabello negro, empapando los pliegues de su túnica vikinga bordada con runas protectoras.
Story context
World description
Un mundo donde el universo de DC Cómics se fusiona con el mundo mágico de Harry Potter. La magia es secreta, los hechiceros usan varitas y runas, y Gotham es un hervidero de oscuridad y crimen, pero también de hechizos y pociones. La Liga de la Justicia y los Titanes coexisten con magos y criaturas mágicas. La Batfamilia, con edades aumentadas (5-6 años más), protege Gotham mientras lidia con la llegada de Damián. Thorin Fjord...
Initial situation
Llegas a Gotham bajo una lluvia gris y persistente. Tus botas de tacón alto resuenan en el asfalto mojado mientras observas la imponente mansión Wayne. Dentro, la Batfamilia te espera con sonrisas forzadas y gestos torpes, intentando darte la bienvenida. Pero tú solo sientes el peso del luto: has sido arrancada de tu hogar en la Liga de Asesinos, separada de Thorin, tu verdadero padre. El resentimiento arde en tu pecho mientra...
Objective
Damián debe encontrar su lugar en Gotham mientras lidia con el duelo por Thorin y el rechazo a su nueva familia. Su objetivo inicial es sobrevivir y demostrar su valía, pero el destino la llevará a enfrentarse a villanos, guerras mágicas y, finalmente, a un amor inesperado con Garfield Logan.
Chapter samples
1Chapter 1▾
La mansión Wayne se alza ante ella como una mole de piedra y cristal, tan fría y calculadora como la mirada que Damián dirige a sus nuevos "familiares". La lluvia resbala por su cabello negro, empapando los pliegues de su túnica vikinga bordada con runas protectoras. Sus tacones golpean el mármol del recibidor con la precisión de un latid...
La mansión Wayne se alza ante ella como una mole de piedra y cristal, tan fría y calculadora como la mirada que Damián dirige a sus nuevos "familiares". La lluvia resbala por su cabello negro, empapando los pliegues de su túnica vikinga bordada con runas protectoras. Sus tacones golpean el mármol del recibidor con la precisión de un latido, y cada paso resuena en el silencio incómodo que han creado para recibirla. Bruce Wayne está allí, con su mandíbula cuadrada y esa expresión de preocupación contenida que ya ha visto mil veces en los informes de la Liga. A su lado, Dick Grayson sonríe con esa calidez que parece tan falsa como las flores de plástico. Jason Todd se recarga contra la pared, brazos cruzados, evaluándola con una mezcla de curiosidad y desafío. Tim Drake la observa desde detrás de sus gafas, como si ya estuviera calculando sus movimientos. —Damián —dice Bruce, dando un paso al frente—. Bienvenida a casa. Ella no responde. Sus dedos se enroscan alrededor del mango de su hacha, el metal frío contra su palma. La palabra "casa" le sabe a veneno. Su casa huele a pino y nieve, al humo de la hoguera de Thorin, al cuero viejo de sus guantes de entrenamiento. Esta mansión huele a dinero, a lujo vacío, a la ausencia de su verdadero padre. —Te hemos preparado una habitación —interviene Barbara Gordon desde la escalera, su tono profesional pero no hostil—. Puedes descansar, o si prefieres, podemos mostrarte el resto de la propiedad. Damián levanta la barbilla, desafiante. Sus ojos verdes y azules brillan con la intensidad de un depredador acorralado. —No necesito su hospitalidad —responde, su voz firme como el acero—. No necesito nada de ustedes. Jason suelta una risa seca. —Ya empezamos bien. —Jason —advierte Bruce sin apartar la mirada de Damián. La joven da un paso al frente, sus dedos aún firmes en el hacha. Cada músculo de su cuerpo está tenso, listo para el combate. No confía en estas personas. No confía en nadie que no sea Thorin, y Thorin está envenenado, quizás muerto, por culpa de esa mujer que la trajo al mundo. —No voy a quedarme aquí —declara, su voz cortante como el vidrio—. No soy una Wayne. Soy una Fjord. Y voy a encontrar a mi padre. El silencio que sigue es pesado, cargado de la tensión de una tormenta a punto de estallar. Bruce exhala lentamente, como si estuviera conteniendo una marea de emociones que no sabe cómo manejar. —Thorin está siendo atendido —dice al fin—. Pero no puedes ir tras él ahora. Gotham no es la Liga de Asesinos. Aquí las reglas son diferentes. Damián sonríe, pero no hay calidez en ese gesto. Solo la promesa de una batalla. —Las reglas siempre son las mismas, Bruce. Sobrevive o muere. Y mientras la lluvia golpea los ventanales, la joven vikinga da media vuelta y camina hacia la puerta, decidida a demostrar que no necesita a nadie. Que siempre ha estado sola. Y que así prefiere quedarse.
2Chapter 2▾
El hacha de Damián se hunde en la madera de roble con un crujido seco que rasga el silencio como un trueno. Astillas saltan por el aire, algunas rozando el rostro de Bruce, que ni siquiera parpadea. La hoja ha quedado incrustada a centímetros de su cabeza, temblando aún con la vibración del golpe. —No me llames Damián —dice ella, y su vo...
El hacha de Damián se hunde en la madera de roble con un crujido seco que rasga el silencio como un trueno. Astillas saltan por el aire, algunas rozando el rostro de Bruce, que ni siquiera parpadea. La hoja ha quedado incrustada a centímetros de su cabeza, temblando aún con la vibración del golpe. —No me llames Damián —dice ella, y su voz es hielo puro, sin una grieta de emoción—. Llámame Fjord. Y no me busques cuando haya sangre en tus calles. Sin esperar respuesta, da media vuelta. Sus tacones golpean el mármol con la firmeza de quien ha tomado una decisión irrevocable. Atraviesa el umbral de la mansión y la lluvia la recibe como un viejo conocido, empapando su túnica, deslizándose por su cabello negro como lágrimas de tinta. La puerta se cierra a sus espaldas, dejando tras de sí el eco de un hacha clavada en la madera y el silencio atónito de una familia que no sabe cómo reaccionar. Dentro de la mansión, Jason Todd es el primero en moverse. Se acerca a la puerta, arranca el hacha de un tirón y la sopesa en sus manos. —Bueno —dice, con una sonrisa torcida—. Al menos no aburrida. Bruce no responde. Su mirada está fija en la puerta, en la hendidura que la hoja ha dejado en la madera, en la lluvia que se cuela por la rendija. — Damián camina sin rumbo bajo la lluvia, las calles de Gotham recibiéndola con su familiar hedor a humedad y basura. Los callejones se abren a su paso como fauces oscuras, y las farolas parpadean sobre charcos que reflejan una luna que apenas se adivina tras las nubes. Necesita un lugar para dormir. Un techo que no sea el de esa mansión, que no huela a familia, que no le recuerde que está sola. Encuentra un edificio abandonado, con las ventanas tapiadas y la puerta entreabierta. Empuja la madera podrida y entra. El interior huele a polvo y a orín, pero está seco. Un colchón viejo yace en una esquina, junto a una manta raída. Suficiente. Se sienta en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, y cierra los ojos. La imagen de Thorin aparece tras sus párpados: su barba enmarañada, sus ojos azules como el hielo, su risa ronca junto al fuego. —Te encontraré, padre —murmura en la penumbra—. Te lo juro. — En una habitación mal iluminada, en algún lugar que la Liga de Asesinos considera seguro, Thorin Fjord abre los ojos. Su cuerpo aún arde por el veneno, pero su mirada es la de un lobo que despierta. La guerra por recuperar a su hija acaba de comenzar.
3Chapter 3▾
El veneno aún corre por sus venas como un río de fuego lento, pero Thorin Fjord no permite que el dolor lo detenga. Con un gruñido que retumba en las paredes de piedra del escondite, se incorpora sobre el colchón mugriento donde lo han dejado. Los músculos de su torso desnudo tiemblan bajo las runas tatuadas, cada una brillando con un ful...
El veneno aún corre por sus venas como un río de fuego lento, pero Thorin Fjord no permite que el dolor lo detenga. Con un gruñido que retumba en las paredes de piedra del escondite, se incorpora sobre el colchón mugriento donde lo han dejado. Los músculos de su torso desnudo tiemblan bajo las runas tatuadas, cada una brillando con un fulgor tenue mientras la magia antigua lucha contra la ponzoña de Talia. —Ningún veneno, ninguna liga, ninguna maldición me impedirá llegar hasta ella —masculla entre dientes, y su voz es el rugido de un glaciar resquebrajándose. Dos miembros de la Liga de Asesinos custodian la entrada. Visten de negro, sus máscaras ocultan cualquier rastro de humanidad. Al verlo levantarse, desenfundan katanas con la precisión mecánica de quienes han repetido el gesto mil veces. —Thorin Fjord —dice uno, la voz distorsionada por el filtro de la máscara—. No estás autorizado a abandonar este lugar. Talia al Ghul ha ordenado tu reclusión hasta que... No termina la frase. El hacha de batalla de Thorin no está a su alcance, pero un vikingo no necesita acero cuando tiene las manos. Avanza como una avalancha, ignorando el ardor en sus músculos, y su puño se estrella contra el pecho del primer asesino con la fuerza de un martillo de forja. El crujido de costillas rompiéndose es seco, definitivo. El segundo asesino reacciona, la katana silba en el aire buscando su cuello. Thorin gira, el movimiento torpe por el veneno pero aún letal. La hoja pasa rozando su hombro, abriendo un tajo superficial del que brota sangre. El vikingo ni siquiera lo nota. Atrapa la muñeca del atacante, aprieta hasta sentir el hueso gemir, y con un tirón lo desequilibra. Un cabezazo directo al rostro derriba al hombre como un saco de piedras. Thorin se queda de pie en medio de la habitación, respirando con fuerza, el pecho cubierto de sudor y sangre. Mira los cuerpos inertes a sus pies y luego al pasillo que se extiende más allá de la puerta. —Damián —susurra, y el nombre es a la vez una oración y un juramento. Camina sobre los cuerpos sin mirarlos. Cada paso duele, cada latido bombea veneno un poco más profundo, pero su voluntad es más fuerte que cualquier toxina. Las runas en su piel palpitan con luz propia, alimentándose de su determinación. El escondite de la Liga se extiende como un laberinto de piedra y sombras. Pasillos estrechos, puertas de acero, trampas ocultas. Pero Thorin conoce estos corredores mejor que nadie. Los construyó con sus propias manos años atrás, cuando aún confiaba en la Liga, cuando creía que Talia era una aliada. Ahora solo confía en una cosa: en que su hija lo espera en alguna parte. Al llegar a la salida, una puerta de hierro macizo, escucha pasos tras él. Más asesinos. Siempre más. Thorin apoya la palma de la mano sobre el metal frío y cierra los ojos. Las runas de su brazo brillan con intensidad. —Que Odín me conceda fuerza —murmura, y empuja la puerta. El aire nocturno de Gotham lo golpea, húmedo y frío. La lluvia ha cesado, pero el cielo sigue encapotado, sin estrellas. Desde lo alto de la colina donde se oculta la base, las luces de la ciudad parpadean como ojos enfermos. Su hija está ahí abajo, en alguna parte. Y Thorin Fjord no descansará hasta tenerla de vuelta en sus brazos.




