La grieta de luz
Public Story

La grieta de luz

La lluvia golpea el asfalto roto de la calle Rodríguez con un ritmo obstinado, implacable. Tú estás acurrucada bajo el alero de una tienda de electrónicos cerrada, con la espalda pegada al metal frío de la persiana.

DigitalRonin690
AuthorDigitalRonin690
Created8. June 2026
Chapters25

Story context

Initial situation

The story is "Time travel" themed. The name of the start setting starts with a "R".

Chapter samples

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Chapter 1
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La lluvia golpea el asfalto roto de la calle Rodríguez con un ritmo obstinado, implacable. Tú estás acurrucada bajo el alero de una tienda de electrónicos cerrada, con la espalda pegada al metal frío de la persiana. El cartel de neón parpadea sobre tu cabeza, lanzando destellos rojos que tiñen tus manos sucias y tus brazos llenos de peque...

La lluvia golpea el asfalto roto de la calle Rodríguez con un ritmo obstinado, implacable. Tú estás acurrucada bajo el alero de una tienda de electrónicos cerrada, con la espalda pegada al metal frío de la persiana. El cartel de neón parpadea sobre tu cabeza, lanzando destellos rojos que tiñen tus manos sucias y tus brazos llenos de pequeños cortes y costras. Tienes frío. Siempre tienes frío. El olor a podrido del contenedor de basura de la esquina se mezcla con el humedad del cemento y el gasoil de los coches que pasan de vez en cuando. Metes la mano en el bolsillo roto de tu sudadera, demasiado grande para ti, y tocas el pequeño envoltorio de plástico. Lo has guardado para cuando la noche se hiciera realmente insoportable. Ahora es el momento. Sacas la jeringa. La aguja brilla bajo la luz roja del neón, pequeña y afilada como un colmillo de rata. Tus dedos tiemblan, pero no por el frío. Es el ansia, esa cosa que vive dentro de tu pecho y te araña las costillas desde dentro. Llevas dos días sin nada. Dos días son una eternidad cuando tienes diez años y la calle es tu única casa. Apoyas la cabeza contra la pared y cierras los ojos. Oyes los pasos de alguien lejano, el eco de una discusión en algún piso arriba, el gemido de un perro callejero. Abres los ojos. Y ves la luz. No es el neón. Es otra cosa. Un resplandor blanco, limpio, que brota de una grieta en la pared, justo al lado del contenedor. No debería estar ahí. Esa pared es de ladrillo visto, sucia de grafitis y orines. Pero la luz crece, se abre como una flor de cristal líquido, y el aire a tu alrededor se vuelve de repente cálido, seco, como si la lluvia no existiera. Parpadeas. Tu mano, la que sostiene la jeringa, tiembla más fuerte ahora. El resplandor parpadea y ves algo dentro. Una forma. Una calle empedrada, limpia, con farolas de gas y fachadas de piedra bien cuidada. No es tu calle. No es tu tiempo. El olor a basura se desvanece, reemplazado por algo que no reconoces: pan recién horneado, madera vieja, flores. La grieta brilla, palpitante, esperando.

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Chapter 2
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La grieta brilla frente a ti, blanca y prometedora, y durante un segundo sientes el calor en la piel, el olor a pan recién horneado. Extiendes la mano libre, la que no sostiene la jeringa, hacia esa luz imposible. Tu dedo toca el ladrillo frío y húmedo. La grieta parpadea una última vez, como una bombilla fundiéndose, y se apaga. La par...

La grieta brilla frente a ti, blanca y prometedora, y durante un segundo sientes el calor en la piel, el olor a pan recién horneado. Extiendes la mano libre, la que no sostiene la jeringa, hacia esa luz imposible. Tu dedo toca el ladrillo frío y húmedo. La grieta parpadea una última vez, como una bombilla fundiéndose, y se apaga. La pared vuelve a ser lo que siempre ha sido: ladrillo sucio, grafitis borrosos por la lluvia, el cartel de neón reflejándose en los charcos. El olor a basura regresa, denso y familiar, mezclado con el humedad de la noche. No hay ninguna luz. Nunca la hubo. Parpadeas, confundida, y el vacío en tu pecho se hace más grande. Pero el ansia sigue ahí, arañando, exigiendo. Miras la jeringa en tu mano, el pequeño envoltorio de plástico que asoma del bolsillo. No hay nada más. Nunca hay nada más. Con dedos temblorosos preparas la dosis. La aguja encuentra tu brazo, buscando la vena entre las costras y los cortes viejos. El pinchazo es familiar, casi reconfortante. El calor llega inmediato, extendiéndose desde el brazo hacia el pecho, hacia la cabeza, disolviendo el frío, el hambre, la soledad. Por un momento, todo es soportable. La lluvia comienza a amainar. Pasa de ser un torrente a un goteo fino, y luego a una humedad quieta que se pega a la ropa. Te pones de pie, las piernas entumecidas, y empiezas a caminar sin dirección. Las calles mojadas reflejan las luces de los faroles, y tus zapatillas rotas chapotean en los charcos mientras avanzas. No sabes cuánto tiempo caminas. El tiempo se vuelve líquido después de la dosis, blando y maleable. Pero en algún momento levantas la cabeza y ves un porche iluminado. Una casa de dos plantas, con ventanas cálidas y un jardín pequeño. La luz sale de la sala, y a través del cristal ves una escena que no pertenece a tu mundo. Una niña de tu edad, morena, con coletas, está sentada en una alfombra junto a una mesa baja. Sus padres están con ella, una mujer con gafas y un hombre de barba, y los tres juegan con fichas de colores sobre un tablero. Toman té de unas tazas blancas, y la niña ríe por algo que ha dicho su padre. Te quedas quieta, al otro lado del cristal, con la ropa empapada y el cuerpo aún caliente por la droga. La lluvia ya casi ha cesado, y solo se oye el goteo del agua desde el tejado hacia el suelo.

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Chapter 3
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La puerta no está cerrada del todo. El picador apenas ha encajado, y cuando empujas con el hombro, cede con un chasquido seco. Entras. El calor de la casa te golpea la cara como una pared sólida, y por un momento todo tu cuerpo se tensa, confundido por el contraste. Tus zapatillas dejan marcas húmedas sobre la madera del suelo, un rastro...

La puerta no está cerrada del todo. El picador apenas ha encajado, y cuando empujas con el hombro, cede con un chasquido seco. Entras. El calor de la casa te golpea la cara como una pared sólida, y por un momento todo tu cuerpo se tensa, confundido por el contraste. Tus zapatillas dejan marcas húmedas sobre la madera del suelo, un rastro oscuro que avanza contigo mientras cruzas el recibidor hacia la sala. La familia te ha visto. La mujer con gafas abre la boca, pero no sale ningún sonido. El hombre de barba se queda inmóvil, una ficha roja suspendida entre sus dedos. La niña morena te mira con los ojos muy abiertos, sin miedo todavía, solo sorpresa. No les das tiempo a reaccionar. Cruzas la sala en cuatro pasos y te sientas en la alfombra, frente a ella. La tela está suave bajo tus piernas entumecidas. Huele a limpio, a suavizante, a algo que no sabes nombrar. Extiendes la mano y tomas la suya. Sus dedos son pequeños y cálidos, y tu piel húmeda deja una mancha sobre los suyos. —¿Qué haces? —pregunta la niña, sin retirar la mano. Su voz es tranquila, curiosa. No hay miedo en ella. Solo una pregunta sincera, como si fuera lo más normal del mundo que una niña empapada y sucia entrara en su casa y le tomara la mano. La mujer se levanta de golpe, la silla arrastrándose contra el suelo. —Oye, tú —dice, pero su voz tiembla, insegura—. ¿Qué... qué haces aquí? El hombre deja la ficha sobre la mesa y se pone en pie también, más despacio, midiendo la situación. No parece agresivo, solo alerta, los brazos ligeramente separados del cuerpo, las palmas abiertas. Pero tú no los miras. Solo miras a la niña, a sus coletas, a sus ojos grandes y oscuros que te devuelven la mirada sin parpadear. Su mano sigue en la tuya, quieta, cálida. —¿Quieres jugar con nosotras? —pregunta ella, señalando el tablero con la cabeza. La mujer da un paso adelante, pero el hombre levanta una mano, deteniéndola. La observa, y ella se queda quieta, indecisa, los ojos fijos en ti.

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