
El Precio de Tres Mil Años
El viento movía las hojas secas del bosque mientras yo permanecía de pie, observando los cuerpos inertes esparcidos entre los árboles. Siete cazadores de recompensas habían venido por mí.
Story context
World description
En este mundo existen diversos tipos de Reinos, exactamente 15 en total, con muchas razas y habitas distintos. Existe la magia y bestias que domesticar, tambien como armas legendarias y raras, es muy raro que convivan distintas razas entre reinos y peor aun en algunos de ellos es mal visto que halla nacido un hibrido de dos razas distintas. Los reinos que aparecen son los siguientes Demonios-Humanos-elfos puros- elfos oscuros...
Initial situation
Una historia donde el personaje intenta comprender el mundo y a el mismo, donde conocera a mucha gente y tambien perdera mucha, recolectara y aprendera mucho , tanto fisica, mental, magimente. En la actualidad ya han pasado 3000 años desde que desterraron al personaje , a vivido mucho y recolectado conocimiento de todo tipo, vio muchas guerras y asi como muchas generaciones, al parecer se convirtio en un ser sumamente poderoso...
Objective
El objetivo del personaje es volverse mas y mas fuerte para poder proteger a los que quiere o cree que deba proteger, ya sea recolectando conocimiento o en la practica de batalla. Pero su principal obejtivo y se podria decir sueño, es crear un reino en el que convivan distintas razas; sin prejuicio u otra diferencia , para eso tiene que ser poderoso y respetado.
Character introduction

Marx Clemon
Role: Semidemonio
Chapter samples
1Chapter 1▾
El viento movía las hojas secas del bosque mientras yo permanecía de pie, observando los cuerpos inertes esparcidos entre los árboles. Siete cazadores de recompensas habían venido por mí. Siete cuerpos yacían ahora en la hojarasca, sus armas rotas brillando débilmente bajo los rayos de luna que se filtraban entre las copas. Me arrodillé ...
El viento movía las hojas secas del bosque mientras yo permanecía de pie, observando los cuerpos inertes esparcidos entre los árboles. Siete cazadores de recompensas habían venido por mí. Siete cuerpos yacían ahora en la hojarasca, sus armas rotas brillando débilmente bajo los rayos de luna que se filtraban entre las copas. Me arrodillé junto al que parecía el líder, un hombre de mediana edad con el rostro marcado por cicatrices y el miedo todavía congelado en sus ojos abiertos. Había luchado bien, para ser humano. Pero no lo suficiente. —Lo siento —murmuré, cerrando sus párpados con cuidado—. No era mi intención. Tres mil años. Tres mil años desde que me desterraron del reino demonio por ser lo que soy. Tres mil años huyendo, aprendiendo, matando cuando no quedaba otra opción. Y aún así, cada vida que tomaba dejaba una marca en mi conciencia. Me incorporé lentamente, sintiendo el peso de mi propia existencia en cada movimiento. Mi cuerpo, joven y fuerte a pesar de los siglos, no mostraba el cansancio que llevaba dentro. Mis ojos rojos recorrieron el claro del bosque, buscando cualquier otro peligro, pero solo encontré silencio. El bosque se extendía a mi alrededor como un manto oscuro y vivo. Había elegido este lugar porque era fronterizo, un territorio neutral donde ninguna raza reclamaba soberanía. Un lugar perfecto para alguien como yo, que no pertenecía a ningún lado. Guardé mis garras afiladas, devolviéndolas a su forma humana, y recogí una de las bolsas que los cazadores habían traído. Dentro encontré monedas de distintos reinos, un mapa desgastado y una carta sellada con el emblema de los siete reinos demonio. Mis dedos temblaron ligeramente al tocar aquel sello. Siete reyes demonio. Había oído rumores, por supuesto. Después de la muerte del Último Rey Único, los más poderosos se habían dividido el trono. Pero nunca había buscado información detallada. ¿Para qué? Mi lugar no estaba entre ellos. Abrí la carta con cuidado. "Se busca vivo o muerto al semidemonio conocido como Marx Clemon. Recompensa: 10,000 monedas de oro. Información proporcionada por la corte de los Siete Reyes." Sonreí con amargura. Diez mil monedas. Mi precio había subido con los siglos. Antes eran solo unas pocas cien. Guardé la carta en mi bolsillo y miré hacia el horizonte, donde las montañas del reino demonio se alzaban como dientes negros contra el cielo estrellado. Tres mil años después, todavía me perseguían. Pero esta vez, algo era diferente. Esta vez, no iba a seguir huyendo. El viento cambió, trayendo consigo un aroma desconocido. Algo se movía entre las sombras de los árboles, algo que no había estado allí antes. Mis sentidos, agudizados por siglos de supervivencia, se alertaron instantáneamente. No estaba solo.
2Chapter 2▾
El instinto me golpeó antes que el pensamiento. Sin dudarlo, me deslicé hacia un lado, pegando mi espalda contra el tronco de un roble anciano mientras mis dedos encontraban el relieve áspero de la corteza. Contuve la respiración y agucé el oído. El bosque susurraba su canción nocturna: grillos, hojas meciéndose, algún búho a lo lejos. P...
El instinto me golpeó antes que el pensamiento. Sin dudarlo, me deslicé hacia un lado, pegando mi espalda contra el tronco de un roble anciano mientras mis dedos encontraban el relieve áspero de la corteza. Contuve la respiración y agucé el oído. El bosque susurraba su canción nocturna: grillos, hojas meciéndose, algún búho a lo lejos. Pero entre esos sonidos naturales, algo no encajaba. Una respiración demasiado controlada. Un peso que no pertenecía al viento. Mis ojos recorrieron la penumbra sin encontrar nada. La luna apenas se filtraba entre las copas densas, creando un mosaico de sombras movedizas. Podía ser un animal, pensé. Pero mi cuerpo no lo creía. Mis garras comenzaron a extenderse, listas para defenderme. Esperé un minuto. Dos. Nada se movió. Quizás había sido mi imaginación. Tres mil años de persecución te vuelven paranoico, y no sin razón. Relajé los hombros lentamente, pero manteniendo la alerta, y volví sobre mis pasos hacia el claro donde yacían los cuerpos. La bolsa del líder seguía en el suelo, abierta, con su contenido esparcido. Me arrodillé y comencé a revisar con cuidado, apartando monedas y objetos sin valor hasta que mis dedos encontraron algo interesante: un pequeño colgante de plata con un símbolo que reconocí. El emblema de la corte de los Siete Reyes. —Esto no es de un simple cazador de recompensas —murmuré, sopesando la pieza en mi palma. Seguí rebuscando. En los bolsillos de otro hombre encontré un frasco de vidrio con un líquido oscuro que desprendía un tenue resplandor púrpura. Sangre de algún ser mágico, probablemente. Más allá, junto a la mano rígida de un tercer cazador, un pergamino enrollado y sellado con cera negra. Lo tomé con cuidado y rompí el sello. La tinta era reciente, la caligrafía elegante y precisa: "Portador, al encontrar al semidemonio, no lo mates. Obsérvalo. Infórmame de sus movimientos. Quiero saber dónde se dirige, qué busca, a quién encuentra. La recompensa se duplicará si la información es útil. —C." La letra se detenía ahí. Una inicial. Nada más. Guardé el pergamino junto con el colgante y el frasco, y continué revisando los cuerpos uno por uno. Encontré más monedas, un cuchillo bien equilibrado con una hoja de obsidiana, y un mapa del territorio fronterizo con marcas que no reconocí. Cuando terminé, me incorporé y miré una vez más hacia las sombras del bosque. Esa presencia que había sentido antes... quizás no era una amenaza inmediata. Quizás era un observador. Alguien enviado por esa "C." El viento volvió a cambiar, trayendo el aroma de flores silvestres mezclado con el tenue olor a humedad de la tierra nocturna. En algún lugar, una rama crujió. No estaba solo. Y esa vez, lo sabía con certeza.
3Chapter 3▾
El corazón me latía con fuerza, pero me obligué a respirar hondo. No era un novato. Tres mil años me habían enseñado que el pánico solo lleva a errores estúpidos. Cerré los ojos un momento, sintiendo el peso de los objetos en mis bolsillos, la brisa nocturna acariciando mi piel, el tenue rumor del bosque a mi alrededor. No era débil. Lo ...
El corazón me latía con fuerza, pero me obligué a respirar hondo. No era un novato. Tres mil años me habían enseñado que el pánico solo lleva a errores estúpidos. Cerré los ojos un momento, sintiendo el peso de los objetos en mis bolsillos, la brisa nocturna acariciando mi piel, el tenue rumor del bosque a mi alrededor. No era débil. Lo sabía. Pero la prudencia no era cobardía. Abrí los ojos y dejé que la magia fluyera por mi cuerpo, esa energía antigua que llevaba siglos perfeccionando. Visualicé mi forma fusionándose con el entorno, mis colores disolviéndose en la penumbra, mi presencia desvaneciéndose como el humo. No era invisibilidad pura, sino algo más sutil: una adaptación que me permitía pasar desapercibido entre las sombras y los árboles. Mis pies se movieron sin apenas rozar el suelo, eligiendo cada paso con cuidado. Evité las hojas secas, las ramas caídas, cualquier cosa que pudiera delatarme. El claro quedó atrás, y con él, los cuerpos de los cazadores y sus secretos. El bosque se cerraba a mi alrededor, denso y protector. Los robles ancianos extendían sus ramas como brazos nudosos, creando un techo de hojas que apenas dejaba pasar la luz lunar. Avancé entre ellos con la fluidez de quien ha aprendido a moverse en la naturaleza, esquivando troncos, sorteando matorrales, siempre atento a cualquier sonido que indicara que me seguían. A los pocos minutos, encontré lo que buscaba: una pequeña cueva oculta tras una cortina de hiedra, apenas visible si no sabías dónde mirar. Me deslicé dentro, dejando que la oscuridad me envolviera por completo. El olor a tierra húmeda y musgo llenó mis pulmones. Me senté en el suelo de piedra, apoyando la espalda contra la pared fría. Saqué el pergamino de la "C" y lo contemplé a la tenue luz que se filtraba por la entrada. La tinta negra brillaba ligeramente, como si tuviera un residuo de magia. —C. —Pronuncié la letra en voz baja, dejando que el sonido rebotara en las paredes de la cueva—. ¿Quién eres? No esperaba respuesta, y no la obtuve. Pero algo en mi interior me decía que ese nombre no era una simple coincidencia. Alguien en la corte de los Siete Reyes sabía de mí, me vigilaba, quería información sin atacar directamente. Eso era casi más inquietante que un enfrentamiento abierto. Guardé el pergamino y cerré los ojos, dejando que mis sentidos se expandieran más allá de la cueva. El bosque seguía su curso nocturno, ajeno a mi presencia. No sentí ninguna presencia extraña acercándose. Por ahora, estaba a salvo. Pero sabía que eso no duraría para siempre.




