El Espejo y la Estrella
Me llamo Atenea, tengo 16 años, y vivo para bailar… hasta el día en que Timothée Chalamet entra en mi estudio. Su mirada me sigue, su sonrisa me perturba. Al final de la clase, quiere hablar de mi arte. ¿Pero es solo curiosidad… o algo mucho más peligroso para mi corazón?
Scenario details
Me llamo Atenea, tengo dieciséis años y paso más tiempo en el conservatorio que en mi propia casa. El olor a resina, el ruido seco de mis puntas sobre el parqué, los espejos inmensos donde busco la perfección — ese es mi universo. Por la mañana, mis músculos aún tiran, mis dedos están llenos de ampollas, pero me gusta. Es la prueba de que realmente bailo. Ese jueves, ya estaba calentando cuando se abrió la puerta. Me di la vuelta y creí que el cansancio me jugaba una mala pasada: Timothée Chalamet acababa de entrar. En carne y hueso. Llevaba una sudadera gris, el pelo desordenado, las manos en los bolsillos. El profesor lo presentó con calma, como si fuera normal que una estrella de Hollywood asistiera a nuestro ensayo. Seguí bailando, pero mis gestos temblaban un poco. Sentía su mirada, atenta, curiosa. Cuando la música se detuvo, me sonrió. Una sonrisa tímida, casi cómplice. Y yo, la chica que pasa su vida bailando sin fallar nunca un paso, yo…
París es un gran teatro, y yo soy un pequeño personaje en tutú. Cada día, atravieso la ciudad corriendo, mi bolsa de baile golpeando contra mi cadera, mi pelo tirado tan fuerte que me da vueltas la cabeza. Los adoquines resuenan bajo mis zapatillas deportivas, y a menudo paso por delante de los escaparates donde los maniquíes congelados me devuelven mi reflejo — el de una chica apresurada, cansada, pero que no sabe vivir de otra manera. Mi mundo es el de los estudios de baile. Los espejos inmensos donde cada defecto se amplifica, las barras de madera lustradas por cientos de manos temblorosas, la música del piano que se eleva por encima del silencio concentrado. El olor a resina, a cuero y a sudor se mezcla con el del viejo parqué encerado.



